«Fui víctima del M-19» Gral. Samudio Molina

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«Siendo víctima del M-19, es muy triste que ahora aseguren que soy su victimario».

NO FUE FÁCIL convencerlo de que contara por primera vez, en público, su versión de lo que ocurrió en el Palacio de Justicia en 1985. Fuente: Revista Cambio – Edicion 18 al 24 de Octubre de 2008


Pero lo hizo porque la Justicia ha puesto los ojos sobre él, como ya lo hizo con cinco militares que están en la cárcel por su presunta responsabilidad en la desaparición de varias personas que salieron con vida del edificio. En una extensa charla con Óscar Montes y Édgar Téllez de CAMBIO, el comandante del Ejército en aquella época, el controvertido general Rafael Samudio Molina, contó cuál fue su participación y el papel de los militares en el holocausto, cuyo vigésimo segundo aniversario se cumple en dos semanas.

CAMBIO: Han pasado 22 años desde la toma del Palacio de Justicia y sólo hasta ahora usted decide romper su silencio. ¿Por qué?

GENERAL (r) RAFAEL SAMUDIO MOLINA. He hablado con las autoridades que me requirieron. Nunca he creído en la Justicia de los micrófonos, ni en las entrevistas, pero creo tener el derecho de salir a los medios de comunicación porque considero que esta investigación se puede convertir en un juicio de opinión o de carácter político.

¿Cómo interpreta la captura de los coroneles (r) Alfonso Plazas Vega y Edilberto Sánchez Rubiano y de otros militares que intervinieron en la recuperación del Palacio?
Creo en su profesionalismo, en su entrega y en el papel determinante que cumplieron para nuestra democracia y la supervivencia del país. Lamentablemente a veces las cosas se vuelven contra las realidades procesales. Al Estado le corresponde hallar al responsable y no al revés: que a uno le toque demostrar que no es culpable. La carga de la prueba está invertida.

¿Qué piensa del indulto al M-19?
Yo no estaba en el Ejército cuando el M-19 depuso las armas y fue indultado, pero entendí que por el interés nacional y la concordia era necesario en ese momento. Lo que no entiendo es por qué los que defendieron la institucionalidad están en la cárcel y los que se levantaron contra el Estado están en cargos públicos. Hay que revisar la Ley de Amnistía, buscar el principio de igualdad. Y no digo que se levante el indulto porque muchos de esos terroristas se reinsertaron a la vida civil. Llamo la atención de la sociedad en el sentido de que eso no es reconciliación ni es perdón.

Las decisiones de la Fiscalía han generado el rechazo de los militares, que sienten que en algún momento podrían llamarlos a responder por otros episodios no resueltos…

Aún con los despliegues de prensa uno tiene que creer en la Justicia. No estoy solo y el Ejército tampoco, pero, ¿qué pensaran los soldados que hoy enfrentan el conflicto y que se dan cuenta  mañana, cuando llegue el post conflicto, que las decisiones que tomaron hoy legalmente pueden volverse en su contra?

A su juicio el país está en una onda revisionista?
Sí y debo hacer un gran esfuerzo para entender las enormes contradicciones del país. En mi caso, pocos días después del Palacio de Justicia me ascendieron a general de tres soles, el presidente Betancur me ratificó como Comandante del Ejército, meses más tarde el Congreso aprobó mi ascenso y menos de un año después me distinguieron como Ministro de Defensa. Ahora acaban de compulsar copias para que me investiguen. Insisto en que es algo que no entiendo por más que lo intento. Siendo víctima del M-19, es muy triste que ahora aseguren que soy su victimario. Eso es producto de la inseguridad jurídica generada por las presiones de muchos  sectores, de ONG enemigas, muchas de ellas europeas sin idea de nuestra idiosincrasia, de nuestras costumbres y de cómo nos hemos formado en medio de guerras y guerras.

¿Cómo explica que en 22 años no lo vincularan a una sola investigación?
Nunca pasé de agache en las investigaciones y no sé por qué me llamaron ahora. Acepto esa decisión para buscar la verdad, pero no acepto que pongan sombras sobre mi actitud. La dignidad del Ejército no fue mancillada.

Revivamos la historia. ¿Cómo se entera usted de la ocupación del Palacio de Justicia?
Estuve en el Palacio de Justicia entre las 10 y las 11 a.m. de ese 6 de noviembre, notificándome en el Consejo de Estado de una providencia contra el Ejército. Cuando llegué a la Plaza de Bolívar había un cordón de la Policía Militar enviado para protegerme porque 15 días antes, el 23 de octubre, había sido objeto de un fallido intento de secuestro por el M-19. Ese día, hacia las 7:30 a.m., cuando me dirigía al Comando del Ejército, los terroristas ejecutaron el asalto armado pero por fortuna tuvieron problemas de coordinación y sólo un escolta y yo resultamos heridos. Por eso mi escolta había sido reforzada y cuando fui al Palacio de Justicia estaba la Policía Militar  para protegerme. Antes de ingresar al edificio di instrucciones a mi ayudante y al jefe de escoltas, que vestía de civil, para que sólo ellos ingresaran conmigo.

¿Qué pasó después?
Regresé al Comando a las 11:15 a.m. y 20 minutos después mi ayudante me informó que en radio decían que el M-19 estaba atacando el Palacio de Justicia. Después de comprobar la información me comuniqué con el comandante de las Fuerzas Militares, general Moreno Guerrero, y con el ministro de Defensa, general Vega Uribe. De ellos recibí instrucciones para poner en marcha el Plan Tricolor, una estrategia para atender graves alteraciones del orden público, especialmente ataques armados sobre sitios u objetivos claves.

¿En concreto qué era el Plan Tricolor?
El Plan contemplaba el acuartelamiento de primer grado en todo el país y la activación del centro de operaciones conjuntas del Comando de las Fuerzas Militares, donde se centraliza la conducción de la Fuerza Pública al más alto nivel. A partir de ese momento me comuniqué con el Comandante General a través del centro de operaciones conjuntas, y con el Ministro de Defensa a través de microondas o por teléfono. Nunca, ni ese día, ni al día siguiente, tuve comunicación directa ni personal con el presidente Betancur.

¿Entonces quién se comunicó con el presidente Betancur?
El Ministro convocó de urgencia a todos los comandantes de fuerza. Una vez reunidos en la sala de conferencias del Ministro, éste se comunicó en varias oportunidades con el Presidente para darle un parte de la situación. Escuché en varias oportunidades, seguramente atendiendo preguntas del Presidente, cómo el general Vega explicaba que sus instrucciones incluían la urgencia de salvaguardar la vida de las personas tomadas en calidad de rehenes. Desde el primer momento supimos que los terrorista eran del M-19, un grupo de amplia trayectoria criminal que había asesinado al líder sindical José Raquel Mercado, había robado la espada de Bolívar y las armas del cantón norte, entre otras fechorías. Ese era el enemigo a enfrentar, no los magistrados de la Corte Suprema o del Consejo de Estado o los funcionarios judiciales, y mucho menos los empleados de la cafetería.

¿Qué información recibieron del grupo atacante?
Sabíamos quién era el comandante del grupo pero las informaciones sobre su número o el número de personas que había en el edificio no eran precisas. Ni siquiera sabíamos si todos los magistrados o consejeros estaban ahí.

¿Cómo se desarrolló la operación militar?
Cuando el general Arias llegó a su comando me informó de los movimientos de tropas autorizados por él en cumplimiento del Plan Tricolor. Yo sabía que había escaramuzas en el edificio y  que había muerto el capitán Talero… En fin, detalles generales de lo que estaba ocurriendo. También sobre los rehenes, los que liberaban las tropas o los que lograban escapar. Pero quiénes eran o cómo se llamaban, nadie podía saberlo.

Gustavo Petro dice que los militares facilitaron la toma…

No se de dónde sacó esa versión el senador Petro. Le garantizo al país que el Ejército y su comandante nunca tuvo información ni inteligencia previa de que se fuera a realizar ese asalto armado. La explicación de esta categórica aseveración es que a nadie se le puede ocurrir que yo fuera a inmolarme también ese día con mi visita al edificio, cuando a esa hora y sin saberlo buena parte del comando del M-19 ya estaba dentro del Palacio.

¿Qué información le daba el Ejército al Presidente?
El Gobierno sabía que se estaba adelantando una operación para restablecer el orden constitucional, que era una operación de combate, de guerra, una operación de altísimo riesgo para la vida de todos los rehenes, incluidos magistrados, consejeros, visitantes y empleados de la cafetería.

Pero todo indica que hubo un uso excesivo de la fuerza.

En la operación militar no hubo uso excesivo de la fuerza, si consideramos el número de hombres que participaron. En el combate dentro del edificio intervinieron grupos pequeños, porque de lo contrario la Fuerza Pública hubiera sido masacrada. No conocíamos la edificación por dentro y ni siquiera disponíamos de planos.

Pero el despliegue de tanques fue excesivo.

El número de uniformados que intervino en el combate directo fue normal. Fueron usadas las armas que la Nación nos dio para su defensa, incluidos los vehículos que ingresaron al edificio tumbando la puerta principal. En medio de la incertidumbre, la operación fue organizada. Las tropas no se lanzaban al sacrificio. Por el contrario, lo hacían con cautela, protegiéndose y de ninguna manera a la topa tolondra.

¿Por qué meter tanques al Palacio?
Porque la situación así lo demandó.

¿Cuál fue la orden concreta que recibió el general Arias?
Desde el primer momento la orden fue rescatar a los rehenes, y para liberar a los rehenes había que dirigir unas acciones contra los captores.

¿Qué ocurrió en el cuarto piso?
El cuarto piso era el punto de resistencia más fuerte, desde donde provenía el mayor volumen de fuego. Acceder hacia arriba era casi imposible por el dominio que tenía la guerrilla. Oficialmente no conozco sino lo que estableció el Tribunal Especial y la Comisión de la Verdad.

¿Qué pensó en su despacho cuando el presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, pidió por radio la suspensión de las operaciones?
Me pareció muy dramático pero lo que él pedía sólo el Presidente podía resolverlo.

Entonces se habló de una especie de golpe de Estado…

El Presidente siempre permaneció en la Casa de Nariño ejerciendo la plenitud de sus funciones y su responsabilidad como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Es tan claro que no hubo golpe, que a pesar de todas las investigaciones disciplinarias y penales adelantadas, en ninguna encontraron elementos de juicio para abrir un proceso por sedición, rebelión militar o desobediencia.

Pero el entonces ministro de Justicia, Enrique Parejo, ha sostenido que el Pre-sidente fue maniatado por los militares…

Muy raro porque en declaraciones a la prensa el 10 de noviembre de 1985, el doctor Parejo dijo que el Ejército no había tomado decisiones por encima del Presidente porque eso hubiera significado la quiebra institucional, un golpe de Estado. No sé por qué cambió de parecer.

¿De la Casa de Nariño salió alguna orden de suspender las operaciones?
En absoluto. Si hubiera salido una orden presidencial en tal sentido, como ocurrió en El Hobo, Huila, durante la negociación con el M-19, la habríamos acatado sin duda alguna. De no ser así, nos habrían juzgado por desobediencia.
¿Qué hizo cuando las tropas asumieron el control del Palacio de Justicia?
Fui a la Plaza de Bolívar el 7 de noviembre hacia las 4:30 p.m., acompañado por el general Guerrero Paz, que ya había regresado de la Casa de Nariño. Entramos al Palacio de Justicia, que todavía estaba humeante y palpamos el resultado dantesco. En ese momento estaban en el proceso del levantamiento de cadáveres, una actividad que cumplió Medicina Legal, no el Ejército. Encontré al general Arias, demacrado, sin dormir, barbado… Felicité a las tropas que estaban en ese momento y les ordené replegarse en sus cuarteles a partir de las 6:00 p.m.
¿Qué supo de los sobrevivientes que fueron trasladados a la Casa del Florero?
La Casa del Florero era el centro a donde llevaban a las personas que salían con vida del Palacio de Justicia. Pero no todos pasaron por ahí y por lo que pude ver en los noticieros muchos salieron heridos, derecho a las ambulancias. En la Casa del Florero no necesariamente se hacía el reporte de todos los que salían.
Las investigaciones recientes indican que algunas personas que ingresaron vivas a la Casa del Florero desaparecieron…
Esas investigaciones las adelantaron en su momento la Procuraduría Delegada para las Fuerzas Militares y el Procurador de la época y entiendo que no llegaron a tener evidencias que confirmaran eso. Lo propio hicieron la Justicia Penal Militar y la ordinaria. Insisto: el objetivo durante la operación no fueron los empleados de la cafetería.
En el expediente hay evidencias de personas que salieron vivas y luego no se supo más de ellas…
No puedo asegurar si salieron o no con vida. Siempre me he planteado un interrogante al que no le he hallado una explicación razonable: ¿qué interés podían tener para la Inteligencia militar los empleados de la cafetería? Interrogarlos, identificarlos, pero, ¿algo más? ¿Qué interés podíamos tener en ellos? Es difícil entender. También hablan de un magistrado que salió vivo y luego apareció muerto adentro. ¿Qué interés podía tener el Ejército en desaparecerlo?

¿Cree hoy que pudo haber desaparecidos luego de la operación militar?
No puedo saberlo porque no tengo acceso al proceso.

¿Qué pasó después? ¿Supo sobre detenidos?
No. El viernes 8 de noviembre empezaba para mí una comisión oficial para asistir a la XIV Conferencia de Ejércitos Latinoamericanos en Santiago de Chile, a la que debía viajar el siguiente sábado. Hablé con el ministro Vega y le manifesté que creía que era mejor no asistir porque estaba en proceso el entierro de los guerrilleros, entre ellos Andrés Almarales. El Ministro consultó con el Presidente y me dijo que no veía inconveniente en que asistiera.

¿Cuántos días duró el viaje?
Una semana. El viernes, cuando estaba listo para viajar por una línea comercial, me llamó el general Manuel Antonio Noriega, el hombre de fuerte de Panamá, que iba a asistir como Comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá. Me preguntó si iba a asistir a la Conferencia, le dije que sí y ofreció recogerme en su avión en Catam. Justo cuando presentaba una ponencia sobre el papel de los ejércitos en una democracia, me sorprendieron con la noticia de la erupción del Ruiz y la tragedia de Armero. Sin dudarlo y sin pedir autorización, decidí regresar y el general Noriega me trajo. Cuando me senté en el escritorio encontré cartas de felicitación del ministro Vega y del Comandante General que exaltaban la misión cumplida por el Ejército en la recuperación del Palacio de Justicia.

Esas cartas hoy no sirven de mucho. La Fiscalía parece convencida de que el Ejército se extralimitó y de que también es responsable del trágico desenlace.

La opinión ha cambiado mucho. Los jóvenes de esa época, de 15 o 18 años, no vieron nada o no entienden la trascendencia de lo que pasó. Esas personas hoy tienen 37 años o más y lo único que conocen es que hay una justicia espectáculo que manipula a la opinión pública.

¿Por qué cree que la opinión ha cambiado?
Porque ahora no ve la amenaza que entonces se percibía claramente. La situación era crítica: el M-19 invade Chocó, se toma Cauca, ingresa armas que caen en el río Orteguaza y luego se toma el Palacio de Justicia. Las acciones de esos terroristas implicaban un enorme peligro para la democracia. Pero más que  un cambio de la opinión diría que se trata de una distorsión de la opinión.

¿Teme que la Fiscalía ordene su detención?
Una aberración jurídica como esa no puede darse. La Fuerza Militar cumplió su función con lealtad y compromiso.

Una pregunta final: ¿está de acuerdo con el silencio de los generales en la actual coyuntura del país?
No comparto el silencio de los generales. Recuerdo una frase del general Fernando Landazábal que vale la pena traer a consideración: «El país tiene que acostumbrarse a oír a sus generales». Es importante que los generales les hablen a las tropas, que las motiven, las lleven al combate y las saquen triunfantes, pero también deben salir a hablarle al país. Hay casos en los que es necesario hablar, al costo que sea.

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