“El fallo de la CIDH” escrita por Jorge Alberto Caicedo Correa

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Desafortunadamente es un fallo producto de los errores de la justicia colombiana y de la forma como se llevó la defensa.

El Estado colombiano se presentó dividido a la Corte Internacional; inclusive, después del fallo, por motivo de éste, el vicefiscal general de la Nación le informa al país por la TV, que es cierto, tiene 92 cadáveres del Palacio de Justicia por identificar, están en cajas, como a su debido tiempo lo indicó el coronel Plazas, pero no le creyeron. Hay que identificarlos para saber la verdad.

Inicialmente se le dio poder al Dr. Rafael Nieto. Se sustituyó por el abogado Julio Andrés Sampedro, muy conocido en el Proceso 8.000 porque fue el defensor de Samper. La contraparte, de acuerdo a la sentencia, presentó el alegato, 581 folios, en forma extemporánea y, como lo explica la sentencia, nuestro abogado no se pronunció, siendo que eso es lo primero que se aprende.

El memorial que presentó nuestro representante, de acuerdo al concepto de la Corte IDH, “lo empastó” (sic). Utilizó un anglicismo, “copy and paste”, copiar y pegar, copió y pegó sobre el caso de Santo Domingo, para después corregir el error (empaste CIDH). Un error elemental.

La lectura del fallo es un rosario de errores de los que la Corte IDH hace caer en cuenta a Colombia a través de su apoderado: que no presentó a María Nelfi Díaz, la joven ascensorista que se reconoce saliendo al hombro de un soldado, y que no es la hermana del exguerrillero del M-19 René Guarín. Me pregunto: ¿a qué fuimos? Porque la sentencia enumera nuestros errores.

Este fallo lo estaba esperando el abogado Jorge Molano, de los presuntos desaparecidos, para anexarlo al expediente del coronel Plazas, porque en la Corte Suprema de Justicia el magistrado ponente Salazar solicita la libertad inmediata porque no hay pruebas de su participación en la desaparición de las personas, y en una forma equivocada lo anexó para la casación del coronel, pero, por favor, la casación no admite pruebas, se están juzgando los errores jurídicos que cometieron, como en segunda instancia el magistrado ponente Hermes Darío Lara del tribunal absuelve a Plazas, lo condenan el magistrado Fernando Pareja, que por ser primo hermano de Jaime Pareja Alemán, condenado por narcotráfico, y el magistrado Alberto Poveda Perdomo, candidato del Polo, debieron haberse declarado impedidos. Este fallo anexo en derecho se debe rechazar.

Además, la Corte IDH falla contra la Fiscalía por no haber identificado los restos que tiene; a la Policía Nacional, porque presuntamente su inteligencia sabía de la toma, y al Estado colombiano, en cabeza de Belisario Betancur. No menciona a Plazas.

La estrategia del M-19 está calcada del libro Estrategias judiciales en los procesos políticos, del francés Jacques Vergès, llamado “el Brillante Bastardo”. Los medios de comunicación lo conocen como “el Abogado del Diablo”. Convirtieron a los victimarios de mis autores preferidos en derecho romano, Carlos J. Medellín, y el Penal, Reyes Echandía, en la toma del Palacio de Justicia, en las víctimas del holocausto. Como lo expresó Vergès: “¿La justicia internacional? Como ser humano deseo una justicia internacional, pero como adulto no me lo creo, porque no me creo que sea posible que un vencido pueda juzgar a un vencedor”.

Colombia ha perdido todos los juicios internacionales. No hemos ganado ni una. Tal vez este fallo judicial nos sirva de escarmiento y nos obligue a revisar nuestras acciones en la guerra jurídica que estamos perdiendo, porque no es dejar que terminen sus días en la cárcel los generales Arias, Uscátegui y Del Río, y el coronel Plazas, y pagar las indemnizaciones, sino lo que viene después, en 20 años, de acuerdo a esta estrategia, porque el otro paso es llamar al narcotráfico, finanzas; al asesinato, ajusticiamiento; al secuestro, retención, etc., golpes contra la burguesía y la multinacionales, para llegar después, cuando se tomen el poder en las urnas, a un Estado fallido similar al de Cuba.

 

Autor: Jorge Alberto Caicedo Correa – Tomado de El Espectador