Como Duele la Patria

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Nuestros soldados y policías no pueden seguir muriendo en medio de la apatía y de la indolencia de los medios y de la ciudadanía. ¡A todos nos debe doler la patria!
Por Thania Vega

26 de octubre de 2011

Este ha sido un mes gris, lluvioso, triste, nublado. Soy inmensamente sensible, en mi ánimo, a estos días que, para mí, están llorando, están tristes y abatidos. Me afectan porque los identifico con mi alma. Sí, y es que este mes he estado muy triste no sólo por la situación que seguimos viviendo, nosotros, la familia Plazas Vega, cuando se acerca la Navidad y vemos que no podremos estar con nuestros nietos, porque esta infamia, a pesar de que cada día está más claro el inmenso montaje, continúa.

Mi tristeza tiene, además, otro motivo: tengo un inmenso dolor de patria.

Si, ¡un inmenso dolor! Yo no sé si este dolor existe en todos los seres humanos, o si sólo lo sentimos algunos. Lo sentimos aquellos que hemos vivido cerca de los soldados de Colombia. Lo sienten los militares, los activos y los retirados, que han pertenecido a las instituciones. Lo sienten las familias de los héroes caídos. ¿Quien más lo siente?

No lo sé. Lo que sí sé es que es un dolor profundo. Es un dolor en el alma. Es un dolor que carcome y que te hace sentir impotente. Saber que en las dos últimas semanas han muerto cerca de cuarenta soldados, muchachos anónimos, que no pasaban de los veintidós años, y que estaban cumpliendo con un servicio militar que la gran mayoría evaden. Ellos, y otros que eran soldados profesionales, murieron por que decidieron, por vocación o por sobrevivencia, dedicar su vida a su país. Esos jóvenes soldados estaban dedicados a defender la paz y la tranquilidad de los colombianos. Esos soldados eran como los demás soldados de Colombia, que se sacrifican sin descanso, patrullan por las regiones más difíciles de Colombia, bajo el sol, bajo la lluvia, con frio, con calor, muchas veces con hambre, esperando provisiones por varios días, para que el resto de Colombianos estemos tranquilos y seguros en nuestras ciudades.

Esos jóvenes soldados trabajaban por el país. Como todos los soldados de Colombia eran conscientes de que, a pesar de su enorme sacrificio, podían ser perseguidos jurídicamente por enemigos infiltrados en la rama judicial, a sabiendas de que los podían “empapelar”, como dicen ellos, cuando después de un combate en el que exponen sus vidas, sus ilusiones y sus proyectos, los primeros que llegan son los de la Fiscalía a tratar de encontrar cualquier motivo para acabar judicialmente con las vidas que no lograron acabar los terroristas.

Muchos de los soldados y policías que sobreviven, además de ser “empapelados”, quedan mutilados, incapacitados, sin piernas, sin brazos. Unos pierden sus ojos, otros sus oídos, en los campos minados que los terroristas siembran en los caminos o en las escuelas rurales.

Claro que cada diciembre algunos de los medios que atacan a los militares y que les exigen todo, hacen campañas para recoger dinero y para llevarles su “navidad”. Bonito y loable acción pero, como preferiría que en vez de ese regalo dedicaran su poder mediático para tratarlos realmente como seres humanos, para realzar la dimensión de su legítimo combate, para tratarlos, en fin, como los héroes de un país en guerra que son. Mejor sería que, esos medios se abstuvieran de defender lo indefendible: a los enemigos de la patria. Mejor sería que el día en que nuestros soldados entregan su vida por este país se les rindan los honores que justamente merecen, y no se permita que esas muertes sean cubiertas con un manto de silencio y olvido.

Es un gesto elemental, básico, que hacen otros países civilizados cuando sus militares caen en combate. Pero no en Colombia. Aquí recogen los muertos y los envían a sus familias con una bandera y un sentido pésame. Los medios responden a esa tragedia con notas cada vez más pequeñas, pues parece que hay noticias más importantes, como el futbol, las encuestas o los chismes de las campañas electorales. La muerte de los soldados queda en un rincón. Algunos medios ya ni siquiera dan los nombres de los que han caído. Sólo dan el número de muertos.

Pero los peor en ese panorama de indiferencia calculada son las llamadas organizaciones de Derechos Humanos, nacionales y extranjeras. Esas Ongs no dicen una sola palabra, ni reclaman nada, ni exigen nada ante la muerte de los héroes. Ellas se pronuncian, y hacen tremendo ruido, sólo cuando los muertos son guerrilleros y terroristas, a quienes transforman, para acrecentar el oprobio contra Colombia, en inocentes campesinos.

Es hora de que empecemos a cambiar tal estado de cosas y a abandonar la indiferencia. Nuestros soldados y policías no pueden seguir muriendo en medio de la apatía y de la indolencia de los medios y de la ciudadanía. ¡A todos nos debe doler la patria!

@ThaniaVegaP
Autora del libro ¡Qué injusticia!

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