“Voy a buscar la libertad del general Arias Cabrales”: Cr. Plazas Vega en EL TIEMPO

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El coronel (r) dice que abogará por absolución de otros oficiales ‘víctimas de injustas condenas’.

Lo vimos muy escéptico minutos antes de recibir la noticia de que había sido absuelto por la Corte Suprema de Justicia. ¿Por qué?

Es apenas el resultado obvio de un año, recibiendo la noticia de que el siguiente miércoles iba obtener mi libertad. Eso lo viví durante semanas y meses, de modo que el pasado miércoles era la última oportunidad de este año porque ya se cerraba la actividad judicial el 17 de diciembre. Entonces yo me dije: ‘si hoy no se toma una decisión, pasaré otra Navidad lejos de mi familia y tendré que esperar quién sabe cuánto tiempo más para que el fallo se produzca’. De ahí mi escepticismo entre las cuatro y la seis de la tarde de ese día.

¿Cómo vivió cada miércoles del año esperando el fallo?

La vida mía cada miércoles era una vida de expectativa que resultaba siempre frustrada. Desde el comienzo, siempre supe que no iba a tener un juicio justo y que cualquier cosa podía suceder.

¿Por qué temía que su juicio no fuera justo?

Porque detrás de él se movía la mano oscura del narcotráfico y el terrorismo para vengarse de una persona que los ha combatido. Cuando apareció en los medios de comunicación la ponencia favorable de mi absolución, presentada por el magistrado Salazar Otero, yo esperaba que esa ponencia fuera respetada por los otros miembros de la Corte. Sin embargo, tenía el temor de que el fallo se demorara indefinidamente, como ha ocurrido en otros casos. Sé que hay magistrados honestos al lado de otros cuyo perfil ideológico los podía llevar a utilizar la dilación como su último recurso para mantenerme recluido.

¿Quién le dio la noticia de su absolución?

Llegó cuando menos lo esperaba. Ya los medios de comunicación, que habían estado conmigo a lo largo del día, empezaban a retirar sus cámaras y equipos, convencidos de que nada iba a ocurrir, cuando mi abogado, Jaime Granados, recibió una llamada. Me hizo entonces una seña optimista y terminó pasándome el teléfono. Era el propio presidente de la Corte, el doctor José Luis Barceló. “Coronel –me dijo–, por decisión de los magistrados de la Sala de Casación debo comunicarle a usted, antes de hacerla pública, la decisión sobre su caso”. Oyéndolo, yo tenía el corazón en ascuas. Todos los que estaban en el salón guardaron de pronto silencio, y fue entonces cuando le escuché decir al doctor Barceló que “la Sala ha optado por casar la sentencia y, por consiguiente, procede a revocar las decisiones de primera y segunda instancia y otorgarle la absolución y su libertad inmediata”.

Después del papel que jugó usted en el rescate del Palacio de Justicia, fue visto por todos los colombianos como un héroe. ¿Cuánto tiempo transcurrió antes de que se viera envuelto en un proceso judicial?

Transcurrieron 22 años entre 1985 y el 2007 sin que fuera objeto de ninguna investigación. En ese largo periodo a nadie se le ocurrió acusarme.

¿Qué pasó entonces?

Cuando salí yo de la Dirección Nacional de Estupefacientes, después de quitarles más de dos billones de pesos a los narcotraficantes, lo que había contra mí era una venganza del narcotráfico. Como no tenían nada que impugnarme por mi desempeño en estupefacientes, decidieron volver atrás, a los tiempos del Palacio de Justicia, para fabricar todo un montaje en contra mía.

¿Qué riesgos corrieron usted y su familia por causa de su actuación en la Dirección Nacional de Estupefacientes?

Cuando se dieron cuenta de que a mí no me podían comprar, empezaron a lanzarme amenazas por teléfono. Por cierto, a una de mis secretarias la tuve que retirar porque cada vez que escuchaba una amenaza entraba en crisis y se desmayaba. Pero las amenazas más peligrosas no son esas, porque solo buscan asustarlo a uno. Las amenazas reales son las que se descubren de pronto. No he olvidado que me llamó el presidente Uribe para darme la noticia de que los organismos de inteligencia habían descubierto un plan de los narcotraficantes para secuestrar a uno de mis hijos. La solución que me dio fue sacarlos de inmediato del país. De este modo, y por esta razón, por primera vez Thania y yo nos quedamos solos.

¿Cuándo aparecieron las acusaciones contra usted?

A mí me llamaron a declarar en el 2006 por los hechos del Palacio de Justicia. Yo me dispuse a decir todo lo que había ocurrido entonces. Lo que no llegué a imaginar es que el 9 de abril del 2007 apareciera un informe de la revista Semana en el cual se me señalaba como un criminal que había sido autor de desapariciones en el Palacio de Justicia. Ahí empezó un escándalo recogido por todos los medios y que tenía su origen en un verdadero montaje de la Fiscalía. Mi primera reacción fue la de exclamar: ‘¿Cómo me hacen eso a mí, si nada tengo que ver con crímenes ni desaparecidos?’. Tuve que rendir 12 indagatorias por la presunta desaparición de tres personas, y al poco tiempo me privaron de la libertad.

¿Quién ordenó su captura?

Fue la fiscal Ángela María Buitrago. Esa mañana, yo había acudido al Comando General para buscar el modo de entregarme a las autoridades sin permitir un show mediático que, sabía yo, se estaba preparando, cuando agentes de la Fiscalía y el Inpec aparecieron para llevarme al búnker, siguiendo órdenes de la fiscal Buitrago. El general Padilla se opuso y le dijo a la fiscal que la captura debía hacerse efectiva en el comando y que yo debía ser trasladado a una unidad militar.

¿Dónde fue recluido finalmente?

En la Escuela de Infantería. Me dieron la única habitación disponible en el casino de oficiales, pero no vacilaron en decirme, con todo respeto, que esa era mi casa. Luego de seis meses de estar allí me llaman a juicio, pero no por la supuesta desaparición de tres personas, sino por la de once.

Todo estaba basado en falsos testigos y falsos testimonios. Un día me muestran una declaración supuestamente hecha contra mí por el cabo Édgar Villamizar en la que me acusa de haber ordenado torturas y muertes en la Escuela de Caballería y de las cuales él había sido testigo. Yo no podía creer lo que estaba leyendo. En la declaración presentada por la fiscal Buitrago, el nombre de Villamizar había sido sustituido por el de Villarreal y su firma parecía un garabato.

¿Este Villamizar es el mismo que tiempo después apareció desvirtuando tales declaraciones?

El mismo. Al verdadero Villamizar –a quien la Fiscalía nunca se tomó el trabajo de buscarlo– lo encontró años después el acucioso periodista Ricardo Puentes Melo. Lo llevó a la Procuraduría, donde declaró que nunca me había conocido, que no había estado presente en los sucesos del Palacio de Justicia y que lo ocurrido entonces lo había visto en la televisión cuando estaba de servicio en el Batallón 21 Vargas, en Granada, Meta.

¿Qué otro falso testimonio fue incluido en su proceso?

Hubo muchos, pero hay uno que vale la pena recordar. Tirso Sáenz, otro falso testigo, condenado a 103 años de cárcel por los crímenes que ha cometido, fue visitado en la cárcel de Cómbita por agentes del CTI de la Fiscalía para que declarara en mi contra a cambio de beneficios. Cuando no le cumplieron lo ofrecido, Sáenz decidió denunciar esta maniobra.

No obstante, en el momento del juicio usted no pudo demostrar tal falsedad…

No solo eso, sino que ante tal cantidad de infundios empecé a padecer gravísimos trastornos. Un día cualquiera, a eso de las seis de la tarde, sentí que el piso se me movía. Llamé a mi custodio, quien se alarmó al verme tembloroso y demacrado, pero antes de llevarme al dispensario de la escuela vomité. Nunca me había sentido así. Luego de varios exámenes, una de las especialistas que me atendieron acabó por descubrir que se trataba de un peligroso problema emocional y que era necesario iniciar un tratamiento psiquiátrico porque, de no atenderme, podría sufrir o un ataque cardíaco o un derrame cerebral. Todo por culpa de la tensión que me producía el juicio que estaba afrontando.

¿Fue entonces cuando lo recluyeron en el Hospital Militar?

Sí, llegué al piso doce, pero por orden de la fiscal Buitrago tuvieron que internarme en el piso seis, en un cuarto con mallas en las ventanas, algo muy parecido a una celda. Me acompañaba Thania, mi mujer, cuando días después apareció un grupo de 12 hombres del Inpec con la orden de llevarme trasladado a La Picota. Dos musculosas mujeres se encargaron de sujetar a Thania, y cuando yo quise defenderla fui duramente sometido por los demás agentes, que me colocaron boca abajo, atado de pies y manos en el piso de una camioneta y me llevaron a La Picota.

¿Qué le ocurrió allí?

Allí duré nueve días. Me trataron de envenenar, de noche, me despertaban cada dos horas, poniéndome la luz de una linterna en los ojos, y tampoco me daban las medicinas que me habían ordenado los médicos. Todo eso solo se ha visto en un régimen nazi. Una psiquiatra del Inpec que me examinó terminó advirtiéndole a la directora que yo corría el grave riesgo de morir si no era atendido adecuadamente. Gracias a su declaración, tuvieron que volver a llevarme al Hospital Militar. Lo grave de todo esto fue que finalmente me condenaron a 30 años de prisión, sin que pudiera estar presente en el juicio e intentar mi defensa.

Usted interpuso un recurso y el Tribunal Superior de Bogotá terminó confirmando su condena a 30 años de cárcel. ¿Cómo lo explica?

Es inexplicable, tanto para mí como para mi abogado, Jaime Granados, y le voy a decir por qué. El magistrado Hermens Darío Lara Acuña, a quien le confiaron el estudio de mi caso, después de 16 meses de investigaciones con un trabajo de ocho horas por día, propuso un fallo absolutorio, pero los otros dos magistrados del Tribunal que también debían decidir no aceptaron su propuesta.

Entonces, Lara Acuña redactó un salvamento de voto que se convertiría luego en un libro de amplia difusión titulado ‘Plazas Vega es inocente’.

¿Por qué los dos magistrados confirmaron la condena?

Me temo que por razones políticas. Uno de ellos, Alberto Poveda Perdomo, había sido candidato a la Cámara de Representantes en una coalición con el Polo Democrático. Para mí, el Polo Democrático es la fusión del Partido Comunista con el M-19.

Felizmente, el recurso de casación que usted presentó ante la Corte Suprema de Justicia acabó absolviéndolo. Hoy es usted un hombre libre. ¿Qué piensa hacer ahora?

Pienso buscar a mi familia, tratar de recuperar el tiempo perdido y, después de que pasen algunos meses, ver qué voy a hacer, escribir todo lo que viví en estos últimos años y buscar que lo que ha ocurrido ahora conmigo se logre con oficiales como el general (Jesús Armando) Arias Cabrales y otros tantos que han sido víctimas de injustas condenas.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO